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CRÓNICAS DE LOS BICENTENARIOS: VI CONGRESO INTERNACIONAL DOCEAÑISTA (Tercera Jornada)

19/03/2010

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Las ponencias que cerraron el VI Congreso Internacional Doceañista centraron su temática por un lado en el final de los días de la ocupación francesa en el territorio español, el fin de la Guerra de la Independencia y por otro en la generación de 1808, destacando los aspectos y experiencias populares durante todo el proceso que llevaría a la nación hacia el liberalismo.

Comenzaba la jornada con la exposición de Pedro Rújula,  Profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, especializado en los aspectos sociales, políticos y culturales del siglo XIX. Y lo hacía indicándonos que el proceso constitucional al que hacía referencia el título de su ponencia es el momento en que España ve alejarse a los franceses y observa que debe reconstituirse políticamente, comenzando entonces el descubrimiento de un nuevo espacio público y político que sería la manifestación de la conciencia y la ideología propias.

A partir de aquí nos ofreció un desarrollo histórico por etapas, partiendo del abandono de los franceses de los territorios españoles, y llegando al golpe de estado de Fernando VII en el cual la nación volvería a sumirse en los ecos del absolutismo.
El 21 de Julio de 1813 con la Batalla de Vitoria, sería una fecha clave para entender que comenzaba el final de la Guerra de la Independencia. Comenzaba pues una nueva realidad constitucional hasta 1814, en ese tiempo se difundiría el texto constitucional.
Después de cinco años de guerra la paz se hacía más cercana, pero volver a la normalidad no fue tarea fácil, de ahí, explicaba el profesor la fuerza de la figura del Rey Fernando VII, que representaba la recuperación de la estabilidad, de ahí pues que su golpe de estado funcionara.
Faustino Casamayor, hombre del antiguo régimen y Alguacil de la Real Academia, dejó unos textos a medio camino entre memoria y diario de los cuales el ponente extrajo bastante información sobre el proceso del paso de una situación a otra, el paso del nuevo régimen liberal al absolutismo. Y centrándose sobre todo en el transcurso de estos episodios en la ciudad de Zaragoza, la reconstrucción del primer Ayuntamiento de la ciudad, con la terrible anécdota de que hubo que descolgar el retrato de Napoleón Bonaparte “que aún estaba colocado en el salón de plenos”, la apertura del curso universitario con dos cátedra nuevas o como la proclamación de la Constitución no se quedó en un mero acto, sino que su repercusión fue tal que el texto llegó a leerse en todas las iglesias para hacer el juramento social, citó el ponente un texto propagandístico donde se ensalzaba el valor de la nueva Constitución en un ambiente sacro “...esa que os cubre de gloria...esa que os hace libres...ella os asegura el derecho de ciudadanos...precaviendo el abuso del despotismo...”.

Destacó también Rújula las palabras del General Mina, que hablaba de dos bandos y dos batallas que lidiar, una la militar en el campo de batalla y otra la política llevada a cabo por  hombres ilustrados. Estas palabras suponen la consideración de que su voluntad constitucional era clara y además poseía la conciencia de representar al brazo armado del estado.
Y en mitad de un ambiente festivo, donde el pueblo se agolpaba ante los mostradores para comprar la prensa, y por fin las opiniones eran libres, aparecía de nuevo triunfante la figura de Fernando VII, ante la confiada y tranquila mirada de los liberales que esperaban a un rey que aceptase la nueva Constitución promulgada por el pueblo. Comentó el profesor “nadie esperaba la crueldad con la que el rey aplastaría todos los deseos y perseguiría a todos aquellos heroicos diputados”. Aquel golpe de estado dejaría una huella. Y concluía su ponencia lanzando una pregunta a los allí presentes ¿Cómo explicaríamos el trauma ocasionado por la vuelta del absolutismo en la nación?

Del aulario La Bomba, sede del congreso, nos trasladamos al salón de plenos del Ayuntamiento de Cádiz para concluir estas jornadas en un ambiente cargado de historia, así Ceso Almuiña, Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid y  reconocido especialista en la historia de la prensa española, nos acercaría a las vivencias de lo que difícilmente se engloba en la palabra “generación” de 1808, ya que según el profesor este término incluiría a gentes de muy diversas clases sociales, edades, e ideologías, aunque todos harían frente al gran reto que significaba abrazar al liberalismo o no hacerlo. Destacaba también el ponente, la cercanía cronológica que nosotros hoy en día, guardábamos con estas personas “tan solo seis generaciones” expresaba, y es que en términos históricos 200 años no es nada.

Quiso mostrarnos Almuiña que los aspectos vivenciales de esta generación no respondían a un planteamiento romántico, sino más bien visceral, y es que la mayor parte de los diez millones de españoles con que contaba de población nuestra nación en aquellos días, vivían en el campo y eran analfabetos. La información les llegaba a través de canales de comunicación orales, o bien “palabra sagrada” a través de los clérigos en las iglesias, o bien “la palabra dramatizada” a través del teatro, canciones, etc. donde el ponente quiso destacar el papel que desarrollaban los ciegos en esta época, y es que “fueron los primeros periodistas”, trasladaban noticias por los pueblos adaptando las palabras a lo que las gentes querían escuchar.
Los periódicos, que en aquellos días llegaron a alcanzar la cantidad de unos 300, siendo Cádiz la ciudad con la más alta concentración de estos, unos 66. cumplían también una importante función de creadores de opinión, pero su contenido no llegaba al pueblo en su totalidad, el alto analfabetismo reinante en la nación hizo que este no fuera el principal medio movilizador.
Citó el profesor a Galdós para describir el espíritu con el que el pueblo se movilizaba,  a través de los tristes episodios del 2 de Mayo, aquellos motines que comenzaron siguiendo impulsos mucho más viscerales que ideológicos, y que terminarían con los fusilamientos y convirtiéndose en un movimiento de oposición a los franceses. Ya que, destacaba Almuiña, “esto era algo nuevo, ¿porqué habrían los españoles de oponerse a José I?”.
La iglesia de nuevo cumplía un papel fundamental en animar al pueblo exaltado, en los templos se demonizaba la figura de Napoleón, un hombre que se autoproclama emperador era el mismísimo anticristo.

En este punto entró el profesor a cuestionar quienes fueron los que pagarían realmente los gastos de la guerra, todos los saqueos, violaciones, desperdicio de cosechas, animales, atención a los heridos, a las caballerías, a los soldados  de todos los bandos.
El campesinado español era la respuesta, el pueblo en definitiva.
Destacaba también en este punto Almuiña el fenómeno guerrillero, sin idealizarlo, ya que estaba compuesto por gentes de toda índole, habría de comentar el amplio catálogo de  curiosos métodos y procedimientos con los que este movimiento luchaba contra el bando francés, cómo por ejemplo se echaba de los pueblos a los verdugos para que los franceses no pudieran utilizarlos y estos tenían que buscar al soldado más viejo y borracho que tuvieran para suplantarlo, y toda serie de engaños y escaramuzas a las que se vieron enfrentados los franceses ante la resistencia española.

Concluía el conferenciante su ponencia diciendo que si las locomotoras del cambio fueron los ilustrados, los vagones representaban al pueblo, y hay que ser conscientes de que su apoyo y movilización fue decisivo para el futuro.


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